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Revelan los últimos chats de Cristian Martín, estudiante de El Bosque hallado sin vida

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La madrugada del lunes 16 de febrero quedó congelada en una pantalla.

A las 3:23 a.m., la novia de Cristian Sneider Martín le envió un mensaje cargado de afecto; minutos después, él respondió con un “buenos días, amor” antes de alistarse para salir a clases en la Universidad El Bosque. Tenía 16 años, cursaba primer semestre de Matemáticas y Ciencia de Datos y, según su familia, era disciplinado, predecible, un joven que avisaba cada movimiento.

Ese fue el último intercambio normal.

Cristian salió de su casa en el sur de Bogotá prometiendo volver para el almuerzo, como siempre, pero a las 4:30 de la tarde su madre, Janet Martín, notó que el mensaje habitual confirmando su llegada nunca llegó. El silencio empezó a pesar como una advertencia y los intentos de llamada solo devolvían un tono interminable.

¿Dónde estaba?

Desesperados, sus padres ingresaron al computador personal del joven y rastrearon el GPS del celular, una decisión que cambiaría el rumbo de la historia. La señal no marcaba la universidad ni una estación intermedia, sino una zona montañosa en el municipio de Gachancipá, un lugar que la familia asegura no conocer y que Cristian jamás había visitado.

La ruta no tenía lógica.

Mientras la madre permanecía en la parte baja del terreno, el padre, Augusto Martín, y un tío emprendieron el ascenso acompañados por campesinos que conocían el cerro. Marcaban una y otra vez el número del joven y fue el sonido del propio celular, vibrando en la oscuridad, el que los guió hasta el punto exacto.

A la 1:30 de la madrugada encontraron el cuerpo.

Cristian estaba sin vida y conservaba todas sus pertenencias, un detalle que llevó a su madre a descartar el robo como móvil. “A mi hijo no lo robaron”, dijo con firmeza, mientras versiones preliminares señalaban que no se observaban signos evidentes de violencia en una primera inspección.

Entonces, ¿qué pasó?

El análisis de los últimos chats reveló un quiebre preciso en la cronología. A las 11:36 a.m., su novia le escribió preguntando “¿Cómo vas?” y “¿Saliste?”, mensajes que quedaron en visto o sin respuesta, marcando el inicio de un silencio definitivo que nadie pudo explicar.

Desde ese momento, la historia se vuelve una zona gris.

La familia sostiene que Cristian no tenía motivos para desviarse de su rutina ni razones para internarse en una montaña desconocida. El padre ha declarado que, para él, hubo manos criminales y que su hijo pudo haber sido engañado por alguien que logró apartarlo de su trayecto habitual.

La investigación quedó en manos de la Fiscalía General de la Nación, que incautó el celular y el computador del estudiante para un análisis forense detallado. El objetivo es reconstruir minuto a minuto sus últimas horas, revisar conversaciones, geolocalizaciones y posibles contactos que expliquen cómo terminó en un municipio distante de su universidad.

Cada dato cuenta.

Las autoridades de Cundinamarca revisan cámaras de seguridad y rutas de transporte, mientras el cuerpo fue trasladado a un centro médico en Sipaquirá para establecer científicamente la causa de muerte. La ausencia de señales claras de violencia no descarta otras hipótesis y, por ahora, el misterio se profundiza más de lo que se aclara.

En medio de la búsqueda, la familia también enfrentó otro golpe: mensajes extorsivos de delincuentes que afirmaban tener información o saber del hallazgo del cuerpo, intentando aprovecharse del dolor. La Policía recomendó ignorar esas comunicaciones y concentrarse en la investigación formal.

El dolor se mezcló con la indignación.

Janet Martín insiste en que a su hijo lo mataron y que alguien debe responder por haberlo llevado hasta ese punto solitario en las montañas de Gachancipá. La pregunta que retumba no es solo cómo murió, sino por qué apareció allí y con quién estuvo en esas horas que hoy son un vacío digital.

¿Qué ocurrió entre ese “buenos días, amor” y el silencio absoluto?

La respuesta aún no llega, pero los chats, los registros electrónicos y las cámaras podrían convertirse en las piezas que revelen si Cristian caminó solo hacia su destino o si alguien lo condujo hasta él. Mientras tanto, la familia espera justicia, aferrada a la convicción de que la historia no termina en una montaña, sino en la verdad que todavía falta por contarse.

El caso sigue abierto.

Y cada mensaje sin responder pesa como una pista.

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