Madre confirma que sus hijas son las menores enterradas en zona enmontada de Malambo
Cuando la madre salió de la morgue con el rostro desencajado, Malambo entendió que ya no quedaba espacio para la esperanza.
Durante días se aferró a la posibilidad de que todo fuera un malentendido, de que sus hijas regresarían por la puerta como tantas otras veces.
Pero la confirmación fue devastadora: las dos menores halladas enterradas en una zona enmontada eran Keila Nicole Hernández Noriega, de 14 años, y Sherid Nicole Hernández Noriega, de 17.
Lo que comenzó como una salida aparentemente rutinaria terminó convirtiéndose en una de las tragedias más dolorosas que ha golpeado a esta comunidad del Atlántico.

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La historia no solo habla de un crimen, sino de una familia marcada para siempre por una decisión tomada en cuestión de horas.
Todo inició el martes 17 de febrero. Según relató Wendy, hermana mayor de las víctimas, esa tarde Sherid insistió varias veces en que Keila la acompañara a Malambo para reunirse con un grupo de amigos.
Keila no quería ir. Era más reservada, menos impulsiva que su hermana. Sin embargo, tras la presión constante, terminó aceptando.
Antes de salir, las dos adolescentes discutieron con su abuela y con Wendy. La familia intentó impedir la salida. Hubo reproches y advertencias. Nadie imaginó que esa discusión sería la última conversación que tendrían con ellas.
Un detalle que hoy persigue a los familiares es que, a diferencia de otras ocasiones, ambas decidieron llevar sus teléfonos móviles. Dijeron que los necesitaban para avisarle a su madre a qué hora regresarían.
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En una casa donde conviven abuelos, madre, Wendy y su bebé de 16 meses, la comunicación era una regla clara. Siempre que salían, debían mantenerse en contacto. La familia incluso les daba dinero para el transporte y pedía reportes constantes.
Esa noche nunca llegó el mensaje prometido.
Las llamadas comenzaron a multiplicarse cuando cayó la noche y las jóvenes no regresaban. Los teléfonos dejaron de responder. La inquietud se transformó en miedo.
Wendy recuerda que lo más angustiante fue pensar que Keila ni siquiera quería salir ese día. La denuncia por desaparición se presentó rápidamente y la búsqueda se activó en cuestión de horas.
Las fotografías de las hermanas circularon por redes sociales. Vecinos y conocidos compartieron la información con la esperanza de obtener alguna pista.

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Malambo se volcó en comentarios, rumores y especulaciones. Cada minuto sin noticias aumentaba la presión y la angustia de la familia.
Días después llegó el golpe definitivo.
En una zona enmontada, apartada del tránsito habitual, fueron hallados dos cuerpos enterrados. La noticia corrió con rapidez.
Sin embargo, la confirmación oficial dependía de la identificación. Fue la madre quien enfrentó el momento más doloroso: reconocer a sus hijas.
Keila, de 14 años, era descrita como callada y tranquila. Sherid, de 17, tenía una personalidad más fuerte, carismática y protectora con los suyos.
Ambas, como muchos adolescentes, eran inquietas, les gustaba salir y compartir con amigos, pero siempre regresaban a casa. Esa era la diferencia que hoy duele recordar.
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La familia vivía un proceso de transición. Las jóvenes habían estudiado en un colegio privado del sector Los Almendros y estaban buscando una nueva institución educativa. Sus días transcurrían entre planes, amistades y discusiones propias de la edad. Nada hacía prever un desenlace fatal.
La tragedia ha generado un debate profundo en la comunidad. ¿Qué tan vulnerables están los adolescentes frente a entornos que parecen inofensivos? ¿Hasta dónde pueden llegar las consecuencias de una salida improvisada? ¿Existen fallas estructurales en la protección de menores en ciertos sectores?
Las autoridades han iniciado una investigación exhaustiva para esclarecer los hechos. Se revisan las últimas comunicaciones, los contactos y el entorno de amistades que las jóvenes planeaban visitar.
Cada dato es crucial para reconstruir lo ocurrido entre el momento en que salieron de casa y el hallazgo de sus cuerpos.

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Mientras tanto, el dolor se instala en el hogar que alguna vez estuvo lleno de voces juveniles. El silencio pesa más que cualquier palabra. La abuela revive una y otra vez la discusión previa a la salida.
Wendy mira a su pequeño hijo y piensa en el vacío que quedará en su memoria familiar. La madre enfrenta preguntas que no tienen respuesta.
La muerte de Keila y Sherid no solo enluta a una familia. Expone fragilidades sociales, revela riesgos invisibles y obliga a replantear el acompañamiento que reciben los menores en contextos urbanos complejos. Malambo no olvidará fácilmente esta historia.
En la zona donde fueron encontradas, entre árboles y tierra removida, quedó enterrada algo más que dos vidas jóvenes. Quedaron sueños inconclusos, proyectos que nunca empezaron y una promesa sencilla que jamás se cumplió: “Volvemos pronto”.