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¡CAE EL HEREDERO DE AMLO! Marco Rubio incluye oficialmente a Andy en su lista de objetivos

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El golpe no vino desde Palacio Nacional, ni desde la Fiscalía, ni siquiera desde la oposición tradicional, sino desde un nombre que pesa en Washington y que, para bien o para mal, hoy se ha convertido en una sombra que recorre los pasillos del poder mexicano: Marco Rubio.

La escena es casi cinematográfica, porque mientras en México el discurso oficial insiste en que “no pasa nada”, que todo es guerra sucia, que todo es propaganda, en los despachos de inteligencia comienzan a circular listas, expedientes, carpetas con nombres que hasta hace poco eran intocables.

Y por primera vez, de manera formal, aparece uno que hasta ahora había logrado mantenerse en la penumbra.

Andy López Beltrán.

Tokyo Boy. Tokyo Prada. El heredero. El hijo incómodo. El operador silencioso.

No es una filtración de redes, no es un rumor de pasillo, no es un meme político. Es una denuncia presentada ante la Fiscalía General de la República por el Partido Acción Nacional, en la que se acusa a una docena de personajes de alto perfil de presuntos vínculos con redes de huachicol fiscal y crimen organizado, y en la que, por primera vez, el apellido López Beltrán aparece negro sobre blanco.

¿Casualidad?

La querella se presenta justo en los días en que Marco Rubio pisa México, justo cuando en Washington se habla de “objetivos prioritarios”, justo cuando se comienza a mencionar que la cooperación bilateral ya no se va a centrar sólo en migración, sino en dinero, combustibles, aduanas y corrupción estructural.

No es una tormenta. Es un sistema.

Porque la denuncia no sólo menciona a Andy. Aparecen también nombres como Ricardo Peralta, exoperador en aduanas; el gobernador Américo Villarreal; Horacio Duarte; Tania Contreras; y una figura casi invisible para la opinión pública, pero clave en los reportes de inteligencia: Juan Carlos Madero Larios, señalado en documentos de la Secretaría de la Defensa como un nodo central para facilitar el huachicol en puertos y fronteras.

Y ahí es donde la historia se vuelve peligrosa, porque ya no estamos hablando de chismes políticos, sino de oficios oficiales, reportes militares, archivos de inteligencia, filtraciones tipo Guacamaya, y hasta menciones en procesos judiciales en Estados Unidos.

Todo apunta al mismo patrón: combustible que entra y sale, diésel disfrazado, crudo pesado, empresas fachada, contratos públicos, aduanas flexibles, trenes que consumen millones de litros.

Y en medio, siempre el mismo nombre.

Andy López Beltrán no era un funcionario, pero era el filtro. No firmaba, pero autorizaba. No aparecía, pero decidía. Durante el sexenio de su padre, su nombre se repite en los círculos donde se cocinan los grandes contratos del Tren Maya, las obras estratégicas, los proveedores privilegiados.

Según investigaciones periodísticas —no sentencias, no resoluciones judiciales, sino trabajos documentales— parte del combustible que alimentó esos megaproyectos habría tenido origen irregular, lo que conecta directamente con las redes de huachicol fiscal que hoy se investigan.

Y aquí aparece el otro personaje clave de esta trama.

Andrés Manuel López Obrador.

Porque el problema ya no es sólo Andy, sino lo que representa: la herencia del poder. El símbolo de una familia que prometió ser distinta y terminó envuelta en los mismos vicios que juró erradicar. El hijo que no fue electo, pero que gobernó sin cargo. El operador que no dio discursos, pero movió millones.

¿Quién le dio ese poder?

¿Quién lo protegió?

¿Quién lo sentó en la mesa donde se repartían contratos, rutas de combustible, empresas favorecidas?

Las respuestas incomodan, porque conducen inevitablemente al centro del sistema: Morena, las aduanas, las obras emblemáticas, la narrativa de la 4T, y un modelo político que convirtió al combate a la corrupción en un eslogan, no en una práctica.

Mientras tanto, en la superficie, la política sigue su teatro. La presidenta Claudia Sheinbaum manda a Andy a la sexta fila en eventos públicos, toma distancia simbólica del “clan de Tabasco”, intenta marcar una línea propia, como si el problema fuera de imagen y no de estructura.

Pero en los pasillos del poder la pregunta es otra.

¿Qué sabe Sheinbaum que no sabemos nosotros?

¿Qué contienen esos expedientes que ya circulan en Washington?

¿Por qué ahora, y no antes, se atreve el PAN a poner el apellido López Beltrán sobre la mesa de la Fiscalía General de la República?

Porque nadie lanza un misil de ese calibre sin respaldo.

Nadie abre fuego contra el hijo del expresidente si no tiene algo más que sospechas.

Nadie se juega el pellejo político si no hay documentos, rutas financieras, nombres de empresas, registros de importación, vuelos, contratos, transferencias.

Esto no es una guerra mediática. Es una guerra por el control del relato.

Y sobre todo, por el control del futuro.

Porque si Andy cae, no cae un personaje secundario. Cae el símbolo del proyecto. Cae la narrativa de la honestidad. Cae la idea de que la 4T era distinta. Cae la herencia política de AMLO.

Y entonces ya no estamos hablando de un escándalo.

Estamos hablando del fin de un mito.

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